sábado, 13 de noviembre de 2010

Sospechas (Cuento 5/ Diálogos)



- Le explico otra vez: apenas entré a la casa no me gustó el silencio que había, a esa hora era extraño que no estuviera el televisor prendido, en ese momento supe que algo andaba mal.

- ¿Por qué me sigue preguntando eso? No llamé a nadie porque no sabía lo que había pasado. Era una sensación, sólo eso, un presentimiento.

- Empecé a llamar a Carlos, grité varias veces sin recibir respuesta. Caminé hasta la cocina y fue cuando vi toda la comida derramada en el suelo, la nevera entreabierta y unos platos rotos en el fregadero.

- No. ¡No pedí ayuda en ese momento, ni se me ocurrió llamar a nadie! ¿Acaso usted lo hubiese hecho, con todos esos pensamientos? ¿Temiendo lo peor? No sé ni para qué le pregunto, usted y yo somos completamente diferentes. ¡Usted no entiende nada!

- Si estuviera tratando de entender, ya lo hubiese hecho. ¡Esto no tiene ningún sentido!

- ¡Pues investigue! Pero allá afuera, en la casa, donde le de la gana, pero yo no sé más nada.

- ¡Yo no estoy entorpeciendo nada! ¡Ey, el que está al lado de la puerta! ¿Será que usted sí puede darme un vaso de agua? Gracias.

- No me estoy desviando, simplemente no hay nada más que tenga que decir. Sólo estoy repitiendo las mismas cosas una y otra vez. ¿Hasta cuándo?

- Sí, me doy cuenta de eso y no me importa, yo sé que soy inocente. ¡Allá todos ustedes, montón de ineptos!

- ¿Qué tal si en vez de amenazar, se encarga de encontrar a quien mató a Carlos?

- Tranquilo que no voy a ninguna parte, comisario. Si así lo quiere, nos vemos en el juicio.

sábado, 16 de octubre de 2010

Relato corto de una mañana con Gonzalo Himiob

Con camisa azul, saco marrón, jeans y zapatos negros entró a la casa con una caja de cartón entre los brazos. Luego de despojarse de su cargamento, caminó hacia el final del pasillo muy seguro del lugar al que se dirigía. Dijo “buenos días” y dio una rápida pero sutil mirada a los presentes. Un hombre serio -primer pensamiento- o lo que algunos llamarían “un señor” se sentó a la cabeza de la larga mesa rodeada de estudiantes.

Gonzalo Himiob Santomé pierde la noción del tiempo al escribir, en medio de ese ritual que conlleva fumar la pipa “a la hora del burro”. “Son los escritores los que pueden crear sueños… Mover la emoción guiada por la razón”, dice el escritor vespertino, sin titubear. Es abogado de profesión y también ejerce la docencia a nivel universitario –esa facilidad para dominar a la clase se manifestó cuando todos los oyentes prestaban absoluta atención a lo que el invitado decía-.

Yo no conocía su primera novela, “Ausencias deja la noche”, de la que hablamos mucho durante las casi dos horas que duró el encuentro. Publicada a principios de este año, en la obra de Himiob, según lo que comentó, “la noche deja muchas ausencias, empezando por la ausencia del saber, para luego irse materializando otras”.

Sin haberla leído todavía, hay algo que me llama a ella: hay una sensación, un presentimiento de que hay algo escrito allí que conozco y que me espera. La tengo en mis manos y leo una y otra vez una nota a bolígrafo en tinta negra que dice: “¿Parte de esta historia? ¿Inadvertida?”. No lo sé aún.


Foto: Klainer Arceu

Ahora imagino a Himiob, ese hombre que no viene del mundo de las letras pero que confía en “el poder integrador del lector”, que es bajista de a ratos y que se inspira en la magia de Caracas. Inevitablemente lo imagino como él mismo dijo: escribiendo a dos dedos, durísimo y escuchando “Tom Sawyer”, mientras fuma de su pipa y se sumerge en un mundo al que somos atraídos sin remedio.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Maruja Muci Vive tiempos modernos


Una niña sentada en la sala de su casa observa a su padre tocar el piano, emulando a puro oído los sonidos tradicionales del jazz. Desde que recuerda, toda esa música conforma la banda sonora de su vida –si esta fuese una película- hasta convertirse no sólo en un acompañante inseparable, sino también en parte de ella. Esa niña, hoy ya adulta, es Maruja Muci, una caraqueña de 47 años, cantante y compositora que cuenta hasta ahora con tres producciones discográficas, todas con un aire de jazz, aunque la artista no se descubre sólo en ese mundo.

En su casa, ubicada en el este de Caracas, se desplaza en su ambiente natural. Camina por el pasillo, delgada cual bailarina de ballet, de cabellera rubia y con una voz grave pero sutil. Se sienta en un sillón de la sala que ella misma rueda para colocarse de frente, toma una de sus guitarras acústicas y toca varios acordes mientras se pone cómoda. Con postura firme y mirada directa habla acerca del oficio que ha practicado toda su vida pero que desde hace apenas cinco años se convirtió en su carrera.

“Yo me considero una cantante primero que todo. Catalogarme únicamente como una jazzista sería ponerme una camisa muy pequeña”, advirtie la artista que por una parte importante del público es considerada intérprete de este único género. Su primer disco Dreaming in Caracas (2005) es una fusión de jazz y bossa. La segunda placa, My funny Valentine (2008), está completamente dedicada al género que inmortalizó a Ella Fitzgerald, el llamado The Great American Song Book. Su tercer y último trabajo discográfico, Tiempos Modernos, que será lanzado oficialmente en un concierto en la sala Corp Banca el próximo 14 de octubre, abre un cambio en la carrera de Muci.

“Tiempos Modernos es otra cosa: una mezcla entre world music, electrónica y ritmos venezolanos, lleno de atmósferas, sonidos y texturas”, cuenta orgullosa. Tal postura no se debe a mera alegría y pavoneo por culminar un trabajo, es también la satisfacción de tener en físico la música que tardó tres años en grabar.

“Es un disco que se hizo muy compartido. Fue muy divertido el proceso a distancia: yo estaba aquí (Caracas) donde grabé la percusión, el guitarrista estaba en España”, explica mientras comenta “yo al guitarrista no lo conozco, no le he visto la cara nunca, todo fue una colaboración a distancia que lo hizo súper interesante y claro, más largo”.

“Un montón de papeles guardados” como ella misma describe, fueron la punta de lanza para la realización de Tiempos Modernos. Pensamientos, notas, prosas y ensayos que empezó a escribir en 2006 y que, de la mano del productor Adrian Holtz, acabaron en diez temas grabados entre Nueva York, Caracas y Madrid.

Justamente la participación de Holtz y la colaboración del español Jesús de Andrés ayudaron a darle un toque más internacional al álbum, que en la opinión de Muci es a lo que deben aspirar todos los artistas venezolanos. “Lo que está sucediendo con la música aquí es alucinante y ojalá se pueda difundir muchísimo más e internacionalizarse porque creo que esa es siempre la ilusión”.

Para este momento una llamada interrumpe por unos minutos la conversación, una mano sostiene el teléfono celular, y la otra no suelta la guitarra. Repite varias veces que está en medio de una entrevista hasta que finalmente se despide de quien la ha llamado. Pide disculpas, mientras su rostro se pinta de esa expresión común en Caracas, abriendo sus ojos verdes como cuestionando algo, esa que es consecuencia de caos y ajetreos. Sin embargo, como si se presionara un botón en alguna parte de su cuerpo, al regresar al tema del disco automáticamente cambia el tono de voz, se relaja y la atmósfera se suaviza. “Soy inmensamente feliz arriba del escenario, siento que puedo aportar mucho porque he estado por años de este lado, del lado del espectador, más o menos tengo una idea de cómo deberían ser las cosas”, dice Muci mientras agrega “eso no significa que todas se den como yo quiero, pero eso sí, siempre con profesionalismo y calidad”.

De letras

Los diez temas dentro de Tiempos Modernos corresponden a un tipo de “música suave” que se atrevió a fusionar con ritmos asiáticos, flamencos y brasileños, por nombrar algunos. Su faceta de madre, los amores virtuales, la soledad y la libertad forman parte de los temas que se tocan en las canciones.

“Este disco me dio la oportunidad de explorar una cantidad de temas que uno no explora todos los días”. Y es que la realidad de estos tiempos, no sólo en Venezuela sino en el mundo entero, no es ajena a Muci, que deja en evidencia en cada una de sus canciones el entorno que la rodea y los temas que llaman su atención, como artista y también como ciudadana.

La sexta canción del disco que se titula pensamiento libre reza en su primera estrofa “Luz son mis palabras nadie me hará enmudecer/ no quiero más consignas ni órdenes aprender/ la censura es fría, se cobija en el poder/ mi voz serena es un río que nadie va a contener/ no hay cárcel ni hay enemigo que me haga enmudecer”.

Muci no la interpreta en ese momento pero sobre la carga política del tema revela “esa canción la escribí pensando en la situación de la mujer sometida a través de la historia de la humanidad, situaciones en las que no hemos tenido libertad. Verdaderamente los venezolanos estamos en un momento donde las libertades se nos van achicando y es muy difícil no relacionarla, de hecho la canción está dedicada a Orlando Zapata Tamayo –preso político cubano que murió tras una huelga de hambre- y no sólo a él, sino a Franklin Brito aquí –fallecido poco después- en Venezuela”.

Hablar de tiempos modernos es introducirse en un mundo globalizado, digital y muchas veces virtual, en el que estar más cerca y más comunicado puede significar a la vez más distancia y lejanía. Es justamente en este contexto de ruido y velocidad, en el que Muci le canta a la soledad, pero no lo hace tildándola de amarga, cruel o triste, sino de promiscua.

“Para este tema me inspiró Nueva York, acababa de morir mi padrastro y me vi en esas calles atestadas de gente, en el metro a la hora pico con alguien respirándote encima y sintiendo aquella soledad tan horrible”, confiesa al tiempo que concluye “es una promiscuidad, porque te estás tocando con todo el mundo, pero estás solo”.

Es así, que entre tweets y amores 2.0, la música de Maruja se percibe como un oasis para sentir y deleitar el oído, con ritmos que evocan momentos de ayer, de hoy y de siempre, desde los sentimientos que jamás abandonan al hombre hasta la tecnología y las barreras de estos días, esas que se interponen entre personas que están una al lado de la otra y que sin embargo, no llegan a cruzar palabra. La niña que escuchaba a su padre tocar el piano ya creció, sigue cantando y no planea detenerse.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Una historia bajo la lluvia (Cuento 4)


En una rutina ella veía cómo se le desvanecían los días: el recorrido desde la casa en metro hasta la UCV, luego abrir el kiosco, apilar los libros envueltos en el plástico desgastado por los años, desatando así el olor añejo de los objetos guardados, que impregnaban y pintaban de color marrón todo alrededor. Con la misma expresión desenfadada, Licey lo miraba haciendo su oficio, preguntándose para cuándo lo dejaría o si sencillamente se había resignado a cumplir con sus tareas lo que le quedaba de vida.

Como un recuerdo lejano de esos que no se sabe si de verdad existieron o si son sólo producto de la imaginación, Licey dibujaba en su mente, sin necesidad de cerrar los ojos, los campos repletos de caña de azúcar y sin darse cuenta se saboreaba los labios sintiendo un dulce inexplicable en ellos. Esa era la imagen que guardaba de Trujillo, el pueblo en Perú donde había nacido su padre y al que él no había vuelto desde hacía treinta años.

-Papá, vuelve a contarme de esa vez que te escapaste de la casa y te escondiste por dos días en los cañaverales –le dijo Licey.
-Hija, estamos trabajando.
-Anda papá, a esta hora todos quieren comer, no tienen cabeza para comprar libros a la una de la tarde.
-Hoy no quiero contar historias, Licey –dijo él, tajante.

Ella no insistió pero en su cabeza una sola idea daba vueltas “papá tiene que regresar a Trujillo por lo menos una última vez”. La vida en Venezuela cada vez se hacía más cuesta arriba y la dictadura de la que él mismo decía haber huido parecía perseguirlo. Él se negaba, una y otra vez. No concebía la idea de dejar a Licey sola con los libros, aunque ella siempre le repetía que no se preocupara por eso, él sonreía y le decía “tranquila hija, Perú no me necesita, y en todo caso no se va a ir, allí seguirá para cuando decida regresar”. A Licey no le satisfacía esa respuesta pero no le quedaba más que devolverle la sonrisa y voltearse en silencio.

Una tarde de lluvia, la oscuridad se posó en los pasillos desiertos de la universidad, el silencio se hizo ensordecedor en medio de las gotas cayendo sobre la grama.
-Papá no quiero que te mueras sin haber visto por última vez el lugar en el que creciste, y mucho menos por mí.
-¿Licey vas a seguir con eso?
-Sí papá, yo sé que tú quieres regresar y tienes cómo hacerlo.
-Hay muchas cosas que no sabes, hija mía –le dijo en tono paternal y cómplice- yo no quiero regresar, no tengo por qué hacerlo.
-Pero papá, si vieras cómo se te ilumina la cara cada vez que me cuentas de La Libertad, de Piura, de todo lo que dejaste allá.
-Sí, hay muchas cosas que dejé atrás, es verdad. Pero hay muchas más que me traje conmigo y que nada, ni siquiera una dictadura me pueden quitar. Tú eres una de ellas.
Licey no pudo contener las lágrimas y en la confusión de sus pensamientos y toda la verdad de su padre no pudo más que abrazarlo. Sentía que tenía que pedirle perdón pero al mismo tiempo darle las gracias. Las gotas en sus mejillas y los brazos de su padre rodeándola eran todo en medio de la lluvia y el pasillo, mientras él le decía “esta es la época más seca del año en Trujillo, déjame que te cuente una historia”.

Cámara en silencio (Cuento 3)


Ya de entrada, el desacuerdo de su esposo ante el viaje era un presagio. Romina deseaba profundamente esos quince días para hacer lo que más amaba: coleccionar momentos con su cámara fotográfica; además llevarle la contraria a su compulsivo compañero de vida era un extra bastante agradable.
El recorrido empezó a documentarse en Barquisimeto, en Lara, el conocido estado musical. Los clics y flashes se mezclaban con la artesanía, la gente y los acordes de un cuatro, cuando sucedió lo inesperado.

-Eh… Romina ¿no?
-¡Sí, hola! -contestó.
-Disculpa el abuso, sé que no nos conocemos mucho pero me dijeron que tal vez tengas una memoria extra que me puedas prestar.
-Claro, no te preocupes. Ya te la doy –dijo Romina, mientras buscaba en su bolso que tenía dentro toda clase de cosas.
-¿Para qué es todo eso, pretendes hacer un atentado o ir a una guerra? –preguntó Javier en tono de broma.
-No, vale –sonrió- dicen que mujer precavida vale por dos –mientras le entregaba el pequeño chip.
-Es verdad, así dicen. Y gracias, Romina, me acabas de salvar.

Después del pequeño encuentro Romina estaba contrariada, con esa sensación de cuando tienes todas las piezas del rompecabezas sobre la mesa, pero sientes que te falta una. Por alguna razón Javier siempre le había parecido un hombre retraído y antipático hasta ese momento. En su mente, cada vez que lo veía en las clases de fotografía, se paseaba el mismo pensamiento: “tan bonito el muchacho y tan repelente”.

Los días fueron pasando rápidamente y entre cada ciudad, pueblo y paisaje que visitaban, Romina y Javier se acercaban más. Se daban cuenta de que tenían cosas en común además del pasatiempo que los unía en ese momento: tenían esa mezcla de ser rockeros tropicales. “No concibo mi vida sin Guaco, pero U2 tiene a veces esa capacidad de devolverme el alma al cuerpo”, decía Romina mientras Javier la miraba como si algo único le hablara.

En la mente de Javier lo único que rondaba era la imagen de un beso, el roce de sus labios con los de ella era una ilusión que volvía más excitante la travesía, aunque varias veces toda aquella escena en su cabeza era interrumpida por las llamadas del esposo de Romina. Cuando su celular sonaba siempre se apartaba y no hacía más que repetir “quince días son quince días pana. No me voy a regresar todavía a Caracas” y trancaba la llamada como si con eso estuviera subiendo el telón de una obra que ella protagonizaba y que sin decir nada más, tanto ella como Javier sabían lo que sucedía.
Al anochecer Javier le mostró unas fotos y empezaron a intercambiar opiniones y comentarios. Romina encontró entre ellas –quizás por accidente, quizás no- unas fotos suyas, varias imágenes de ella como centro. Y cayeron los dos en uno de esos momentos en los que no hay que explicar nada.
-¿Sólo por esta vez? –preguntó ella.
- Sólo por esta vez –contestó él.

Se tocaron, se miraron, se rozaron, se balancearon, se abrazaron y querían aún más. Querían todo y lo tuvieron por un momento. Sólo por un momento. Ese encerrado en la cámara y en la memoria. Al llegar a Caracas no hubo más, sólo silencio. Cada quien siguió con su vida, sabiendo que su momento había pasado ya.