Todos los días narramos una historia, queriendo o no, somos cuentacuentos. La rutina, la vida y nuestra naturaleza social nos lleva a comunicarnos con otros. Pero esa necesidad no se limita a preguntas de sobrevivencia, a mera cortesía o asuntos utilitarios. Sentimos una necesidad de describir, compartir y contar lo que vemos, lo que nos pasa y lo que creemos, que haya un intercambio. Algunos con más gracia que otros, pero todos con ese deseo de expresar algo y ser escuchados.
Hoy estuve pensando en la maestría de algunos para echar un cuento: la entonación, que incluye el volumen que se usa en determinados momentos de la historia; las pausas, para crear expectativa o aumentar el misterio; los detalles descriptivos, físicos y psicológicos. Y me maravilló encontrarme con personas que a pesar de no tener un oficio relacionado con las historias, podrían ser maestros de todos los que queremos dedicarnos a escribir y a relatar.
Caminando por cualquier calle de Caracas escucho al relator con potencial para el stand up comedy, con material para un monólogo o más. Con chistes y ocurrencias, cadencia y detalles. Me enamoro de ellos, de la pronunciación y los gestos, un teatro gratuito lleno de inspiración si te detienes por el tiempo necesario. Si te entregas y te atreves a sonreírle al momento. Es ese señor en la entrada de la panadería que imita a un amigo y se pregunta "¿cómo me va a decir eso?", y suelta una un gesto de picardía, esperando las carcajadas de su público (oyentes) simulando inocencia.
O la adolescente con camisa azul que se levanta de la silla, y hace una mímica para dejar su punto claro: brazos al aire, ceja arriba y mirada fulminante. El diálogo empieza, vienen las preguntas: -"¿en serio?", - "sí, en serio". Y más expresiones, más líneas, más personaje y acción. Empieza un intercambio, el del oyente que no para de hacerse preguntas, que necesita más detalles, más drama o más pistas.
Leer, observar, cuestionar, suponer, especular, repetir y nunca dejar de hacerlo. Algunas veces contar no es suficiente, hay que escribirlo.
martes, 13 de octubre de 2015
miércoles, 11 de febrero de 2015
14 Días, 14 películas
El lunes empecé un experimento en mi Instagram en el que por 14 días estaré publicando fotografías personales junto a frases de películas, nominadas o no al Oscar, que me han marcado la vida. Quizá alguna también haya marcado las suyas.
Es una especie de cuenta regresiva antes de la celebración de los premios de la Academia el próximo 22 de febrero. Les adelanto que la última foto (día de la premiación) vendrá acompañada con un quote de mi favorita este año para quedarse con el Oscar a Mejor Película del año.
Los espero ¡Acción!
@Sofia_Alv
Es una especie de cuenta regresiva antes de la celebración de los premios de la Academia el próximo 22 de febrero. Les adelanto que la última foto (día de la premiación) vendrá acompañada con un quote de mi favorita este año para quedarse con el Oscar a Mejor Película del año.
Los espero ¡Acción!
@Sofia_Alv
domingo, 4 de enero de 2015
Quiero más tiempo para escapar
Quisiera ser una de esas personas que puede leer en el metro, abarrotado de gente, a hora pico, con música y personas hablando (gritando) a su alredeor. Cuando estoy leyendo un libro debo estar concentrada, en silencio, el mundo se apaga, quedamos la novela (generalmente) y yo. Una vez que estoy metida ya es más difícil que algo pueda interrumpirme, a mi alrededor pueden estar pasando un montón de cosas, pero estoy viviendo otra realidad.
Quisiera poder ser de esos que pueden leer dos minutos, hacer algo y luego leer unos minutos más. Yo me pico. Sí. Siempre digo "me voy a sentar a leer" y es casi un ritual, me preparo para eso, tomo todo lo que me pueda hacer falta, una galleta, un vaso de agua, para que no sea necesario parar a buscar algo. La idea es que nada interrumpa ese momento. Con el trabajo y la rutina se ha vuelto cada vez más complicado tomar ese tiempo para cumplir mi ritual, para dedicarme a disfrutar por completo una nueva historia. Sin embargo, creo que estoy mejorando porque cada vez más me propongo leer aunque sea unos minutos, el tiempo que pueda cada día.
Mi receso de diciembre, que no fue más que dos semanas de trabajo desde casa donde digamos que bajamos un poco la marcha por Navidad, sin descuidar nuestras obligaciones, fue la oportunidad perfecta. En el aeropuerto de Maiquetía, durante la espera de nuestro vuelo a Barcelona me di cuenta que no llevaba ningún libro para leer. Fuimos a una de las pequeñas librerías con la esperanza de encontrar algo más que Cincuenta Sombras de Grey y Paulo Coelho. Cuando voy a comprar literatura generalmente es un libro o un autor que conozco, que me han recomendado o del que he escuchado algo. Miré los estantes y la vidriera, nada me saltaba diciendo "léeme" y por primera vez hice algo diferente a lo acostumbrado.
Miré una portada, me gustó el título y lo compré. La verdad entré 30 segundos a Lecturalia como por no dejar y lo compré. El elegido fue Un ángel impuro de Henning Mankell. Les confieso que nunca había escuchado su nombre, mucho menos leído algo sobre su trabajo. Pero aquel título y la sinopsis típica de contraportada me dieron una energía que no sé cómo explicarles. Creo que todo depende también del momento: estaba a punto de volver a casa, visitar a mi familia, vivir una nueva Navidad, escapar unos días de la dura Caracas y la rutina. Dije "esto es lo que quiero": una historia nueva, un autor nuevo y nada parecido a mi último libro (Los años de Peregrinación del Chico sin color, de Murakami).
En dos semanas terminé esta historia de una mujer que se ve forzada a abandonar su hogar, más tarde todo lo que conoce, para llegar a otro país, otro continente, con un idioma que desconocía y prácticamente otro mundo. Uno lleno de supersticiones, maltratos, desigualdades, pobreza, injusticias y espíritus. No quiero hacer un análisis de la novela, solo se las recomiendo si la ven por allí, es reciente, publicada en el 2011.
El propósito de año nuevo en el que me concentro por ahora es aprender a hacer microlecturas, leer cada vez que pueda aunque eso signifique unos pocos minutos al día. Pero leer siempre. Quiero un nuevo ritual, uno que no implique tanta ceremonia sino minutos de escape sin programación previa. Quiero más. Quiero más tiempo para escapar.
Quisiera poder ser de esos que pueden leer dos minutos, hacer algo y luego leer unos minutos más. Yo me pico. Sí. Siempre digo "me voy a sentar a leer" y es casi un ritual, me preparo para eso, tomo todo lo que me pueda hacer falta, una galleta, un vaso de agua, para que no sea necesario parar a buscar algo. La idea es que nada interrumpa ese momento. Con el trabajo y la rutina se ha vuelto cada vez más complicado tomar ese tiempo para cumplir mi ritual, para dedicarme a disfrutar por completo una nueva historia. Sin embargo, creo que estoy mejorando porque cada vez más me propongo leer aunque sea unos minutos, el tiempo que pueda cada día.
Mi receso de diciembre, que no fue más que dos semanas de trabajo desde casa donde digamos que bajamos un poco la marcha por Navidad, sin descuidar nuestras obligaciones, fue la oportunidad perfecta. En el aeropuerto de Maiquetía, durante la espera de nuestro vuelo a Barcelona me di cuenta que no llevaba ningún libro para leer. Fuimos a una de las pequeñas librerías con la esperanza de encontrar algo más que Cincuenta Sombras de Grey y Paulo Coelho. Cuando voy a comprar literatura generalmente es un libro o un autor que conozco, que me han recomendado o del que he escuchado algo. Miré los estantes y la vidriera, nada me saltaba diciendo "léeme" y por primera vez hice algo diferente a lo acostumbrado.
Miré una portada, me gustó el título y lo compré. La verdad entré 30 segundos a Lecturalia como por no dejar y lo compré. El elegido fue Un ángel impuro de Henning Mankell. Les confieso que nunca había escuchado su nombre, mucho menos leído algo sobre su trabajo. Pero aquel título y la sinopsis típica de contraportada me dieron una energía que no sé cómo explicarles. Creo que todo depende también del momento: estaba a punto de volver a casa, visitar a mi familia, vivir una nueva Navidad, escapar unos días de la dura Caracas y la rutina. Dije "esto es lo que quiero": una historia nueva, un autor nuevo y nada parecido a mi último libro (Los años de Peregrinación del Chico sin color, de Murakami).
En dos semanas terminé esta historia de una mujer que se ve forzada a abandonar su hogar, más tarde todo lo que conoce, para llegar a otro país, otro continente, con un idioma que desconocía y prácticamente otro mundo. Uno lleno de supersticiones, maltratos, desigualdades, pobreza, injusticias y espíritus. No quiero hacer un análisis de la novela, solo se las recomiendo si la ven por allí, es reciente, publicada en el 2011.
El propósito de año nuevo en el que me concentro por ahora es aprender a hacer microlecturas, leer cada vez que pueda aunque eso signifique unos pocos minutos al día. Pero leer siempre. Quiero un nuevo ritual, uno que no implique tanta ceremonia sino minutos de escape sin programación previa. Quiero más. Quiero más tiempo para escapar.
domingo, 19 de octubre de 2014
La historia del distinto
Durante los últimos meses estuve haciendo un taller de escritura, cada jueves fue una delicia de conceptos, intercambios, sugerencias y ejercicios que me hicieron reflexionar sobre este hermoso oficio. Una de las frases de la profesora Milagros Socorro que se me quedó grabada fue: "nosotros leemos para alimentar al monstruo que llevamos dentro".
Creo que nunca me lo establecí formalmente, no es algo que pienso cada vez que me sumerjo en una nueva historia, pero la verdad es que no me atrapa un personaje con el que tenga demasiadas similitudes, me atrae lo que desconozco, lo que está rodeado de misterio y me invita a descubrir su mundo, su historia, sus necesidades y deseos.
Ayer estuve pensando en esas personas que deciden estar solas, tener conocidos con los que compartir salidas y conversaciones aisladas, ninguna relación demasiado formal, cambiar de ciudad, de amigos y no tener demasiadas ganas de sentar cabeza o formar una familia. Aquellos que dicen: "eso de casarse no es lo mío". Siempre ha sido algo que he respetado, pero que no entendía del todo. Hoy creo que lo entiendo un poco más.
Yo tengo un círculo cerradito de personas que considero verdaderos amigos, tengo muchas personas a las que estimo enormemente pero no es lo mismo. Por supuesto mi familia. Mi novio, compañero de todas mis locuras. Pero aun así, hoy entiendo a esos que no son como yo, que se les hace fácil perseguir lo que quieren o no, sin tener o querer contar con alguien que los acompañe en esa travesía.
Puede que lo que realmente no comprenda o acepte es a aquellos que no tienen propósito alguno, a esos los confunden fácilmente con los que no están interesados en"asentarse". Y en honor a la verdad es una comparación bastante injusta. Yo no acepto a los que no tienen por lo menos una meta que seguir, un sueño que los impulse, una llama que los haga sentir vivos y que tienen un propósito.
La gente que decide llevar una vida más solitaria no es necesariamente gente sin objetivos, solo no contemplan la compañía de una "pareja" para lograrlos, o de lo socialmente aceptado y establecido. Creo en el amor, pero también creo en las ambiciones y en la individualidad. Y desde este pedazo de papel virtual lo dejo por escrito porque es importante decir las cosas, escribirlas, demostrarlas y defenderlas cuando sea necesario. Aunque muchas cosas en este mundo marchen hacia atrás, en cada uno está decir e inspirar a todo el que puedan. Espero que ocurra. Uno a la vez.
martes, 10 de junio de 2014
Creo que podría sobrevivir a una epidemia zombie
No sé de qué depende o qué los ocasiona, pero algunas veces me pasa. Estoy sentada leyendo, o navegando en internet, o hasta trabajando en algo, cuando mi mente viaja atrás en el tiempo, viene el flashback. Pero no hablo de cualquier recuerdo de la infancia o adolescencia, de la muerte de un ser querido o de la risa repentina provocada por una vieja travesura. Hablo de un hecho en el que no puedes creer haber estado envuelto, porque has cambiado, porque ya no eres ese de antes y te sorprende que alguna vez lo fuiste.
En algunos casos es más fuerte que en otros. En las noches me he sorprendido al verme como una completa desconocida. Al no entender cómo pude haber tomado determinada decisión o haberme juntado con esa persona. Aguantar tantos atropellos. No haber hablado y callar algo que ahora me parece tan obvio y natural haber refutado.
Cada vez entiendo más eso que alguna vez escuché: "nunca llegas a conocerte por completo". Me sorprendo de mí misma. Me río de mí, me reclamo, me juzgo, me felicito o me reprocho. Hoy pienso que somos extraños muy complicados, la mayoría del tiempo tratando de ser relajados. Miramos al otro exigiendo una "normalidad", una coherencia imposible, cuando en realidad somos seres cambiantes, aprendiendo y creciendo sin parar.
Nos ponen a prueba todos los días. Miro series de televisión o películas que hablan de cómo el hombre en las situaciones más difíciles lucha siempre por sobrevivir, aunque eso signifique pasar por encima de los valores y la moral. Y aunque he visto escenas absurdas, grotescas y brutales, puedo entender que alguien reaccione así cuando es llevado al límite.
No defiendo la violencia o la anarquía. Solo creo que ninguno de nosotros sabe realmente quién es, ni de lo que es capaz. Creo que la vida también se trata de exigirte a ti mismo, de presionarte y ponerte a prueba para sacar lo mejor (o lo peor). Deberíamos pensar en eso cada vez que pretendamos juzgar a alguien. No esperemos la perfección de nadie. Al final deberíamos criticarnos y exigirnos a nosotros siempre. Quizás lo mejor que podemos hacer es rezar porque nuestra imperfección sea un buen ejemplo y ayude a otros a encontrarse.
En algunos casos es más fuerte que en otros. En las noches me he sorprendido al verme como una completa desconocida. Al no entender cómo pude haber tomado determinada decisión o haberme juntado con esa persona. Aguantar tantos atropellos. No haber hablado y callar algo que ahora me parece tan obvio y natural haber refutado.
Cada vez entiendo más eso que alguna vez escuché: "nunca llegas a conocerte por completo". Me sorprendo de mí misma. Me río de mí, me reclamo, me juzgo, me felicito o me reprocho. Hoy pienso que somos extraños muy complicados, la mayoría del tiempo tratando de ser relajados. Miramos al otro exigiendo una "normalidad", una coherencia imposible, cuando en realidad somos seres cambiantes, aprendiendo y creciendo sin parar.
Nos ponen a prueba todos los días. Miro series de televisión o películas que hablan de cómo el hombre en las situaciones más difíciles lucha siempre por sobrevivir, aunque eso signifique pasar por encima de los valores y la moral. Y aunque he visto escenas absurdas, grotescas y brutales, puedo entender que alguien reaccione así cuando es llevado al límite.
No defiendo la violencia o la anarquía. Solo creo que ninguno de nosotros sabe realmente quién es, ni de lo que es capaz. Creo que la vida también se trata de exigirte a ti mismo, de presionarte y ponerte a prueba para sacar lo mejor (o lo peor). Deberíamos pensar en eso cada vez que pretendamos juzgar a alguien. No esperemos la perfección de nadie. Al final deberíamos criticarnos y exigirnos a nosotros siempre. Quizás lo mejor que podemos hacer es rezar porque nuestra imperfección sea un buen ejemplo y ayude a otros a encontrarse.
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