domingo, 6 de abril de 2014

Somos muchos

Desde diciembre del año pasado estoy estudiando fotografía. No como una carrera universitaria, sino mas bien como talleres de introducción para aquellos que como yo solo tuvimos un paso breve por ese mundo a través de las clases superficiales que vimos en la universidad sobre Imagen. Hace dos semanas culminé el curso de Digital 2, la asignación final fue realizar una serie fotográfica que representara mi cotidianidad.

Para algunos la tarea podría parecer fácil, pero pronto me di cuenta que no es así. Lo que es cotidiano para mí siempre va a estar relacionado con los demás, con mi entorno y en este momento, más. En épocas de crisis queremos tratar de comprender qué o quién/quiénes nos trajeron aquí, cómo es que llegamos a este punto ¿Cómo quedamos como sociedad ante este escenario?

Cuando salgo a la calle trato de entender por qué la gente no respeta el orden, no respeta los códigos de ética y de cortesía, las leyes o a los demás. Miro, cada vez con más horror y decepción, que nos hemos convertido en seres violentos y abusadores. Esa es mi cotidianidad.

Una vez que pensé en esos elementos llegó la siguiente angustia: hace menos de un mes me robaron el celular llegando a mi trabajo, entonces, cómo voy a sacar mi cámara en medio de la calle o el Metro para tomar las fotos. La tarea definitivamente, no sería fácil.



Intenté simplificar el concepto: bueno, voy a tomar fotos que representen un poco de la cotidianidad de las personas que me rodean. Sigue siendo cotidiano para mí hasta cierto punto, pero pueden ser tomadas de forma más abierta, que no me lleven a fotografiar el comportamiento delincuente de algunos ciudadanos.

Tomé lo que pude. En los momentos en los que mi novio pudo acompañarme, porque claramente no me atreví a hacerlas sin alguien que pudiera ayudarme o estar conmigo en caso de que el hampa volviera a sorprenderme. Finalmente no pasó nada que lamentar. Al contrario, pude capturar la imagen de un señor que veo todos los días por mi oficina y al que le sonrío en las mañanas. Un indigente con traje que casi se mezcla con el lienzo urbano, parte del paisaje que para muchos podría pasar desapercibido.

Desde que leí el ensayo Sociología de la vida cotidiana por Samuel Velarde, me decidí a fotografiarlo. Con la ayuda de un compañero de trabajo hablamos con el señor y accedió a mirar hacia el lente, a cambio de dinero para comprar comida. Para él un día exitoso es cuando logra comer y, quizá, cuando no llega una aprendiz de fotografía a querer hacerle un retrato. Esa es su cotidianidad.

Este ejercicio me permitió percibir de alguna manera el sentir de otros, justo cuando Venezuela tiene más de cincuenta días en protesta. Somos muchos. Creo que no somos solo los abusadores en el Metro.

sábado, 15 de febrero de 2014

Venezuela y la doble estafa

Foto: Carlos Becerra

En medio de la crisis que vive Venezuela (escasez, inseguridad, costo de la vida) y las protestas de los estudiantes a las que se sumaron tres muertes, no podía dejar de pensar en cómo nuestra capacidad de comprensión se ve cada vez más escasa. Estar de cualquiera de los dos lados parece ser un impedimento per se para comprender al otro, para entender su posición y aun más importante: para respetarla.

Ayer me puse a pensar en que cada vez más la tolerancia se agota y genera unos niveles insospechados de violencia: verbal, física, psicológica. Nos convertimos en seres casi irracionales llevados por nuestras pasiones, algo peligroso en un país donde las armas son más numerosas que cualquier otra cosa.

El otro aspecto que observo es que todos parecen creer que tienen la razón, la verdad absoluta en sus manos, una falsa seguridad que les lleva a gritar sus puntos de vista, muchas veces sin detenerse a pensar en lo que el otro tiene que decir. Llegamos a los insultos, una agresión que ni siquiera tiene que ver con mi interlocutor sino mas bien con una figura superior en la que recae la responsabilidad de los procesos de una nación (sea presidente, ministro, gobernador, u otro).

Al estar en grandes grupos, en masas como las que hemos visto durante esta semana en marchas y concentraciones, se desdibuja muchas veces la identidad de cada uno, aunque también se materializan en un todo aquellas preocupaciones que nos unen. Al final la protesta es un derecho que la constitución venezolana contempla y que es aval de la democracia en cualquier parte del mundo.

Pienso que los individuos no nos podemos desviar de nuestros objetivos y la esencia de nuestros problemas. Cuando insulto al otro solo porque piensa diferente y no está de acuerdo conmigo, lejos de solucionar y unirnos en el diálogo, nos aleja del ansiado remedio.

Debo aceptar que mi lenguaje en los últimos días ha sido soez. Lloré cuando vi las fotos y videos de los caídos durante las protestas del 12 de febrero, cuando miré una tras otra las imágenes de funcionarios de la policía y la Guardia Nacional agrediendo a manifestantes desarmados, violando su juramento de protegernos. Me llené de impotencia, de indignación y rabia, los insulté en la soledad de mi cuarto y en algún momento lo hice "en voz alta" a través de mi Facebook. Esa tampoco es la solución. Y de una vez les digo que no la tengo, no todavía.

Es que me da vueltas en la cabeza durante todo el día: que si se tiene que prender la calle, que si se tiene que resistir en paz, que si esto lo resuelve es un golpe de Estado, que si la rebelión civil... Yo lo único que sé es que Venezuela no está echando para adelante, no me ofrece oportunidades reales como joven profesional, como venezolana que quiere desarrollar su carrera en un ambiente con algo de estabilidad. Los delincuentes imponen su ley de la pistola y el gobierno ha fracasado en controlar esa situación. Me siento quebrada en un país "tan rico", estafada en la "patria bonita" y agredida en el "territorio de paz".

Vamos a enfocarnos en quiénes son los verdaderos culpables y una vez que tengamos eso claro pensemos con cabeza fría qué es lo que debemos hacer y cómo. No es una tarea sencilla, pero me parece más efectivo. Estoy de acuerdo con la protesta, con aquella en la que sus ciudadanos tienen claro su fundamento, que no es mera emoción y rabia. Pensemos en eso y tratemos de dejar la palabrería estéril para otro día.

miércoles, 15 de enero de 2014

Decidir es seguir vivo

Dicen que en tus peores días escribes las mejores cosas. Ultimamente mis días malos se han vuelto barajitas repetidas: "otra vez con lo mismo", "este malestar no se me quita", "hasta cuándo". Es increíble la cantidad de cosas que pueden cambiar en apenas unos días: tu mentalidad sobre algo, tus deseos, tus necesidades, tu vida.

Mi espíritu eternamente optimista ha sido golpeado duramente, aguanté lo más que pude,ignoré hasta donde me dio la fuerza, y finalmente llegué a lo que muchos llaman punto de quiebre. Lo poco que me quedaba a mi favor se me escurre de las manos como agua entre los dedos, imposible de sostener, imposible de volver a recoger.

El país se me terminó de poner en contra. No sé qué fue exactamente, creo más en la teoría de que fue la suma de varios factores, o sencillamente estoy madurando, pensando en la familia que quiero formar cuando llegue el momento.

Mi estado de ánimo cambia constantemente. Envejecí unos años en poco más de un mes, no lo quería asumir. Me volví nerviosa y paranoica, mi cara de valiente en el Metro, que fingía tener como si de ella dependiera mi nominación al Oscar, ha ido extinguiéndose. Tengo sueños y pensamientos que ya no son tan bonitos, la mayoría del tiempo me encuentro rezando para que nada malo le pase a mis hermanos, a mis papás, a mi novio, a mí. En algún punto del día me invaden unas ganas de llorar completamente inesperadas, me siento frágil e indefensa, con impotencia y miedo. Me volví triste con momentos de sonrisa, a veces fingida. Acaparé mis pensamientos con dudas e incertidumbres, no con la esperanza del que espera ver sus sueños cumplidos, sino con el temor de pensar si este entorno te va a permitir hacerlo, o por lo menos intentarlo.

El miedo a morir, a perder algo, o alguien, es la peor cosa que le puede pasar a una persona, es la más dolorosa de las limitaciones. De allí solo surgen las ganas de huir, correr y jugarle "vivo" al sistema macabro de las bandas y malandros.

No queda mucho de qué sostenerse, siempre estarán tus amigos, tu familia, tu pareja, pero cómo te ayuda eso cuando estás dejando de ser tú, a medida que te restan cosas, las motivaciones van disminuyendo, las ganas, la garra, la risa. Y eso sí se: cuando te quitan los sueños, te quitan todo.

Al final todo se resume a una cosa, tan sencilla y tan dura: decidir... y cruzar los dedos para que pase lo mejor.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tanta risa

El sábado fui a una función de El Banquito, uno de esos stand-up comedy tan de moda en Venezuela, que cuenta con un elenco ya conocido en la movida humorística de la nueva generación.

El reparto del espectáculo va rotando cada semana, y esta vez fue el turno de Rey Vecchionacce, Nadia María, Víctor Medina y Elías Muñoz.

Debo decir que fue un show simpático, me sacó muchas risas y pude disfrutar de un rato de distendimiento durante el fin de semana. No conocía los espacios de Teatrex en Paseo El Hatillo y me sorprendió gratamente el estado y comodidad de su sala.

Los chistes se pasearon por los típicos problemas de hombres y mujeres: las relaciones de pareja, de familia, la apariencia física, la independencia/dependencia y otros temas cotidianos.

Por supuesto hubo espacio para el costo de la vida, una mirada superficial al tema país y la política.

Me llamó mucho la atención -y he aquí el motivo de este post- que sólo en dos o tres ocasiones la gente gritó y aplaudió, además de reírse, y fue cuando uno de los comediantes mencionó a Winston Vallenilla.

El joven humorista hizo una comparación del candidato oficialista a la Alcaldía de Baruta con la imagen de un producto de limpieza.

Luego sería un estribillo de despedida en el que se ofrecía graciosamente a "matar" al conductor de televisión convertido en político.

No quisiera pecar de severa, sobretodo en el marco de un espacio de humor, en el que se supone que todo es en broma y con intención de divertir, pero no puedo evitar preocuparme por la gravedad de la polarización que ya conocemos.

Es bastante escaso y triste reírse de un chiste tan desgastado en un ciudad tan violenta como Caracas. No culpo al que presentó sus frases, ni siquiera al público que estuvo apunto de soltar consignas políticas. Me indigna en lo que se ha convertido esta sociedad por responsabilidad de unos pocos que se encargaron de dividir y enguerrillar.

Me gustaría que llegara el día en que nos nos cause tanta risa el jueguito macabro de destruir a este país.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Para no despedirnos

En sus labios la palabra muerta. El deseo de revancha... o de perdón, quizá. Acariciaba primero el inferior, deslizaba su dedo índice, sentía las imperfecciones, y en cada una de ellas cada error, evocación de los deslices. Su vida en cada roce.

Se encuentra consigo, no hay nadie que la obligue a fingir. Está sola, la silla sosteniendo sus inseguridades, la mesa observando sin emitir juicios. El sentimiento es sobrecogedor, la arropa y la ahoga. En la soledad busca las razones. Indaga en los desencuentros, en los rincones y desaciertos. En las luces también. En sus labios tensados por una sonrisa ligera.

Con la gente siempre tiene que fingir algo. Hay tanto que ocultar y poco que decir. La costumbre de nombrar a los demás, de desviar la atención. De ser celoso con lo propio, de ocultar temores. Trivialidades aceptadas, pasatiempo de un martes.

Cuando se acaricia el pelo piensa en el próximo día, no tiene plan, no sabe qué hacer más allá de cepillar sus dientes y acostarse a dormir, de entregarse a otro sueño. Pensar en el próximo año es un reto. Hacer un postgrado, casarse, viajar a Europa, cambiar de trabajo, leer más, escribir más...

Cada vez es más preciado el acto de tararear una canción. "Siempre una playa y la música", decía. El amor y una imagen, una foto, un tatuaje en el alma y un ardor emancipador en el pecho. El destello de lo que estuvo tan cerca, de lo que sentimos nuestro, lo que no se queda para siempre a tu lado más allá del recuerdo.

Recuérdame a mí. En la canción que bailas solo a la hora en la que nadie te ve; en la que ningún murmullo interrumpe o distrae. Piénsame en mayo, mientras llueve y el reloj se detiene. Viaja y llévame contigo para no despedirnos. Toma mi mano y hablemos tonterías. La genuina alegría de tener como única preocupación hacernos reír el uno al otro. Mírame y sonríe, recuérdame.