viernes, 8 de julio de 2016

Venezolanos: ¿En qué momento nos volvimos tan estúpidos?

El jueves pasado en mi clase de Gestión Cultural e Innovación surgió un comentario sobre la teoría de los seis grados de separación. Evidentemente, se trata de una asignatura donde se discute muchísimo sobre el ecosistema digital, nuevas tecnologías, redes sociales, etc. Yo había escuchado algo sobre este estudio, pero después de ese día me quedé pensativa con el tema. Ni siquiera era parte de la clase, fue un simple comentario pero en este momento específico llamó mucho mi atención. 

Esta semana ocurrieron dos asesinatos de hombres negros en Estados Unidos a manos de la policía. Ambos fueron grabados en video por testigos, las imágenes son terribles. No solo porque prácticamente ves a dos personas morir, sino por el poco sentido que tienen estas acciones fatalmente violentas por parte de las autoridades, parecen ejecuciones. Estados Unidos tiene ya un historial de este tipo de violencia que vinculan con un racismo que me parece, cuanto menos, despreciable.

Escuché a alguien decir en la calle, casi con tono aliviado, que por lo menos en Venezuela no teníamos ese tipo de hechos. Que de nosotros podrán decir lo que quieran pero no que matamos a la gente porque es negra. Quizá esto les parezca un comentario tonto, para algunos capaz hasta tenga sentido. Pero es que la forma en la que fue dicho revelaba algo como: en Venezuela no somos racistas, aquí matan a cualquiera porque sí, seas blanco, negro, pelirojo, asiático, moreno, árabe... 

El comentario me indignó de una forma que no estoy segura de poder explicar, probablemente estaba muy sensible por los videos que había visto. Ignoré a esas personas y me alejé, soy de esas que evita a toda costa la confrontación y más en un país donde mirar feo ya puede ser motivo de un balazo. El punto es que me dejó muy pensativa también ese comentario y recordé algo que dijo un profesor que me daba clase en pregrado: "el venezolano claro que es racista". En ese momento me impactó escuchar esa afirmación, si aquí lo más común del mundo es ser negro, tener un familiar o amigo negro. Nosotros le decimos negro o negra a la gente por cariño, no por querer denigrar o ser ofensivos. 

Esa opinión fue cambiando con los años, vas creciendo, conociendo gente y siendo cada vez más observadora. "Trabajando como un negro", "más sospechoso que negro enflusao'", "cállate que tú eres negro". Son frases que en la mayoría de los casos dicen en tono de chiste, pero con el tiempo también he aprendido que las palabras tienen un peso grande, que no son para utilizarlas a la ligera y que está en ellas la enorme carga de mantener este mundo andando. 

Claro que somos racistas, la clave está en que el venezolano "todo lo toma a chiste" porque somos "alegres y vivarachos". Porque no respetamos el lenguaje y creemos que igual siempre hay gracia detrás de la morisqueta. Este ha sido un año difícil, más que el anterior y ese más del que le precedió. Contrario a lo que muchos pensarían (eso de "ve el lado bueno"), me he vuelto más aguda detectando nuestras fallas cotidianas, buscando explicación a lo que estamos viviendo. No entiendo por qué mi Facebook se tiene que llenar de comentarios tan estúpidos como: "qué hacen lamentando la muerte de dos gringos cuando aquí matan a miles cada año como si nada". Como si la vida de esas dos personas fuese menos importante, como si no fuera igual de lamentable que los asesinatos registrados diariamente en Venezuela. ¿En qué momento nos volvimos tan idiotas e ignorantes? ¿O es que siempre fuimos así? 

El racismo es uno de los actos más viles, despreciables y estúpidos que puede existir. Lo pongo en el mismo escalón detestable de asesinos, secuestradores, ladrones, malandros... ustedes pónganle el nombre. Para mí son la misma desgracia, hacen peor este mundo, hacen de él uno que no quiero para mis hijos y me hacen perder la fe. Afortunadamente, no sé si como verdad o consuelo inconsciente, creo que somos más los que estamos del otro lado. Me da vergüenza y tristeza que con algunos racistas tenga menos de un grado de separación. Pero así es la vida, a pesar de todo creo que nos une una fuerza más grande que ha evitado nuestra extinción desde hace años, aunque la merezcamos. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Que no se me olvide este día: 7/12/2015

Hay tantas cosas rodando por nuestra mente durante un proceso electoral. Yo siempre me he preguntado si en el resto del mundo vivirán las elecciones como los venezolanos, asumo que siempre hay mucha expectativa, pero es que en este país desde hace un tiempo entramos como en un trance cuando llega la fecha de elegir cualquier cargo.

Nos encanta hacer predicciones, que reformulamos una y otra vez mientras pasan las horas, las cadenas de whatsapp y los enlaces con el CNE, antes de que den los resultados. La bipolaridad se vuelve un comportamiento relativamente aceptado porque todos, en mayor o menor medida, nos vemos afectados por el mismo fenómeno. Somos pesimistas y empezamos a vociferar que nos van a robar los votos, que la trampa se está gestando en las máquinas y la transmisión de data, que la gente es apática y se fue para la playa. Luego somos optimistas porque, a pesar de haber perdido en casi todas las elecciones que buscaban un cambio a la realidad impuesta por el oficialismo, decidimos seguir creyendo que sí se puede y que cada votación es una nueva oportunidad.

Ayer por primera vez en 16 años -9 desde que puedo votar- gané. Ganamos muchos, pero especialmente y sonará trillado, ganó Venezuela. Me siento tan esperanzada que la alegría no me cabe en el cuerpo. Es una emoción que va mucho más allá de verle la cara como un tablón a Diosdado Cabello, de Nicolás Maduro aceptando la victoria del otro bando o todos los memes que me hicieron reír. Se trata de saber que sumaste, que cada uno de nosotros también lo hizo, que nos unimos y triunfamos, que nada es para siempre y eso es bueno.

Logramos Mayoría Calificada en la Asamblea Nacional y queda un largo camino por recorrer, sumar mucha inteligencia, respeto y trabajo para lograr los cambios que tanto hemos soñado. Me siento apenada porque muchas veces he perdido la fe en mi país y he insultado el nombre de Venezuela, cuando los únicos culpables son unos pocos y no esta tierra. Hoy agradezco a cada venezolano que votó, me siento orgullosa de haber nacido en estas latitudes y feliz de decir que te quiero. Porque sí: hay días en los que nos sentimos agotados e impotentes, pero es solo una distracción justo antes de seguir trabajando y soñando que sí lo vamos a lograr. Hoy me desperté y lo habíamos logrado. Gracias.

martes, 13 de octubre de 2015

Si te tomas el tiempo de caer

Todos los días narramos una historia, queriendo o no, somos cuentacuentos. La rutina, la vida y nuestra naturaleza social nos lleva a comunicarnos con otros. Pero esa necesidad no se limita a preguntas de sobrevivencia, a mera cortesía o asuntos utilitarios. Sentimos una necesidad de describir, compartir y contar lo que vemos, lo que nos pasa y lo que creemos, que haya un intercambio. Algunos con más gracia que otros, pero todos con ese deseo de expresar algo y ser escuchados.

Hoy estuve pensando en la maestría de algunos para echar un cuento: la entonación, que incluye el volumen que se usa en determinados momentos de la historia; las pausas, para crear expectativa o aumentar el misterio; los detalles descriptivos, físicos y psicológicos. Y me maravilló encontrarme con personas que a pesar de no tener un oficio relacionado con las historias, podrían ser maestros de todos los que queremos dedicarnos a escribir y a relatar.

Caminando por cualquier calle de Caracas escucho al relator con potencial para el stand up comedy, con material para un monólogo o más. Con chistes y ocurrencias, cadencia y detalles. Me enamoro de ellos, de la pronunciación y los gestos, un teatro gratuito lleno de inspiración si te detienes por el tiempo necesario. Si te entregas y te atreves a sonreírle al momento. Es ese señor en la entrada de la panadería que imita a un amigo y se pregunta "¿cómo me va a decir eso?", y suelta una un gesto de picardía, esperando las carcajadas de su público (oyentes) simulando inocencia.

O la adolescente con camisa azul que se levanta de la silla, y hace una mímica para dejar su punto claro: brazos al aire, ceja arriba y mirada fulminante. El diálogo empieza, vienen las preguntas: -"¿en serio?", - "sí, en serio". Y más expresiones, más líneas, más personaje y acción. Empieza un intercambio, el del oyente que no para de hacerse preguntas, que necesita más detalles, más drama o más pistas.

Leer, observar, cuestionar, suponer, especular, repetir y nunca dejar de hacerlo. Algunas veces contar no es suficiente, hay que escribirlo.

miércoles, 11 de febrero de 2015

14 Días, 14 películas

El lunes empecé un experimento en mi Instagram en el que por 14 días estaré publicando fotografías personales junto a frases de películas, nominadas o no al Oscar, que me han marcado la vida. Quizá alguna también haya marcado las suyas.

Es una especie de cuenta regresiva antes de la celebración de los premios de la Academia el próximo 22 de febrero. Les adelanto que la última foto (día de la premiación) vendrá acompañada con un quote de mi favorita este año para quedarse con el Oscar a Mejor Película del año.

Los espero ¡Acción!

@Sofia_Alv

domingo, 4 de enero de 2015

Quiero más tiempo para escapar

Quisiera ser una de esas personas que puede leer en el metro, abarrotado de gente, a hora pico, con música y personas hablando (gritando) a su alredeor. Cuando estoy leyendo un libro debo estar concentrada, en silencio, el mundo se apaga, quedamos la novela (generalmente) y yo. Una vez que estoy metida ya es más difícil que algo pueda interrumpirme, a mi alrededor pueden estar pasando un montón de cosas, pero estoy viviendo otra realidad.

Quisiera poder ser de esos que pueden leer dos minutos, hacer algo y luego leer unos minutos más. Yo me pico. Sí. Siempre digo "me voy a sentar a leer" y es casi un ritual, me preparo para eso, tomo todo lo que me pueda hacer falta, una galleta, un vaso de agua, para que no sea necesario parar a buscar algo. La idea es que nada interrumpa ese momento. Con el trabajo y la rutina se ha vuelto cada vez más complicado tomar ese tiempo para cumplir mi ritual, para dedicarme a disfrutar por completo una nueva historia. Sin embargo, creo que estoy mejorando porque cada vez más me propongo leer aunque sea unos minutos, el tiempo que pueda cada día.

Mi receso de diciembre, que no fue más que dos semanas de trabajo desde casa donde digamos que bajamos un poco la marcha por Navidad, sin descuidar nuestras obligaciones, fue la oportunidad perfecta. En el aeropuerto de Maiquetía, durante la espera de nuestro vuelo a Barcelona me di cuenta que no llevaba ningún libro para leer. Fuimos a una de las pequeñas librerías con la esperanza de encontrar algo más que Cincuenta Sombras de Grey y Paulo Coelho. Cuando voy a comprar literatura generalmente es un libro o un autor que conozco, que me han recomendado o del que he escuchado algo. Miré los estantes y la vidriera, nada me saltaba diciendo "léeme" y por primera vez hice algo diferente a lo acostumbrado.

Miré una portada, me gustó el título y lo compré. La verdad entré 30 segundos a Lecturalia como por no dejar y lo compré. El elegido fue Un ángel impuro de Henning Mankell. Les confieso que nunca había escuchado su nombre, mucho menos leído algo sobre su trabajo. Pero aquel título y la sinopsis típica de contraportada me dieron una energía que no sé cómo explicarles. Creo que todo depende también del momento: estaba a punto de volver a casa, visitar a mi familia, vivir una nueva Navidad, escapar unos días de la dura Caracas y la rutina. Dije "esto es lo que quiero": una historia nueva, un autor nuevo y nada parecido a mi último libro (Los años de Peregrinación del Chico sin color, de Murakami).

En dos semanas terminé esta historia de una mujer que se ve forzada a abandonar su hogar, más tarde todo lo que conoce, para llegar a otro país, otro continente, con un idioma que desconocía y prácticamente otro mundo. Uno lleno de supersticiones, maltratos, desigualdades, pobreza, injusticias y espíritus. No quiero hacer un análisis de la novela, solo se las recomiendo si la ven por allí, es reciente, publicada en el 2011.

El propósito de año nuevo en el que me concentro por ahora es aprender a hacer microlecturas, leer cada vez que pueda aunque eso signifique unos pocos minutos al día. Pero leer siempre. Quiero un nuevo ritual, uno que no implique tanta ceremonia sino minutos de escape sin programación previa. Quiero más. Quiero más tiempo para escapar.


domingo, 19 de octubre de 2014

La historia del distinto

Durante los últimos meses estuve haciendo un taller de escritura, cada jueves fue una delicia de conceptos, intercambios, sugerencias y ejercicios que me hicieron reflexionar sobre este hermoso oficio. Una de las frases de la profesora Milagros Socorro que se me quedó grabada fue: "nosotros leemos para alimentar al monstruo que llevamos dentro".

Creo que nunca me lo establecí formalmente, no es algo que pienso cada vez que me sumerjo en una nueva historia, pero la verdad es que no me atrapa un personaje con el que tenga demasiadas similitudes, me atrae lo que desconozco, lo que está rodeado de misterio y me invita a descubrir su mundo, su historia, sus necesidades y deseos. 

Ayer estuve pensando en esas personas que deciden estar solas, tener conocidos con los que compartir salidas y conversaciones aisladas, ninguna relación demasiado formal, cambiar de ciudad, de amigos y no tener demasiadas ganas de sentar cabeza o formar una familia. Aquellos que dicen: "eso de casarse no es lo mío". Siempre ha sido algo que he respetado, pero que no entendía del todo. Hoy creo que lo entiendo un poco más. 

Yo tengo un círculo cerradito de personas que considero verdaderos amigos, tengo muchas personas a las que estimo enormemente pero no es lo mismo. Por supuesto mi familia. Mi novio, compañero de todas mis locuras. Pero aun así, hoy entiendo a esos que no son como yo, que se les hace fácil perseguir lo que quieren o no, sin tener o querer contar con alguien que los acompañe en esa travesía. 

Puede que lo que realmente no comprenda o acepte es a aquellos que no tienen propósito alguno, a esos los confunden fácilmente con los que no están interesados en"asentarse". Y en honor a la verdad es una comparación bastante injusta. Yo no acepto a los que no tienen por lo menos una meta que seguir, un sueño que los impulse, una llama que los haga sentir vivos y que tienen un propósito. 

La gente que decide llevar una vida más solitaria no es necesariamente gente sin objetivos, solo no contemplan la compañía de una "pareja" para lograrlos, o de lo socialmente aceptado y establecido. Creo en el amor, pero también creo en las ambiciones y en la individualidad. Y desde este pedazo de papel virtual lo dejo por escrito porque es importante decir las cosas, escribirlas, demostrarlas y defenderlas cuando sea necesario. Aunque muchas cosas en este mundo marchen hacia atrás, en cada uno está decir e inspirar a todo el que puedan. Espero que ocurra. Uno a la vez. 

martes, 10 de junio de 2014

Creo que podría sobrevivir a una epidemia zombie

No sé de qué depende o qué los ocasiona, pero algunas veces me pasa. Estoy sentada leyendo, o navegando en internet, o hasta trabajando en algo, cuando mi mente viaja atrás en el tiempo, viene el flashback. Pero no hablo de cualquier recuerdo de la infancia o adolescencia, de la muerte de un ser querido o de la risa repentina provocada por una vieja travesura. Hablo de un hecho en el que no puedes creer haber estado envuelto, porque has cambiado, porque ya no eres ese de antes y te sorprende que alguna vez lo fuiste.

En algunos casos es más fuerte que en otros. En las noches me he sorprendido al verme como una completa desconocida. Al no entender cómo pude haber tomado determinada decisión o haberme juntado con esa persona. Aguantar tantos atropellos. No haber hablado y callar algo que ahora me parece tan obvio y natural haber refutado.

Cada vez entiendo más eso que alguna vez escuché: "nunca llegas a conocerte por completo". Me sorprendo de mí misma. Me río de mí, me reclamo, me juzgo, me felicito o me reprocho. Hoy pienso que somos extraños muy complicados, la mayoría del tiempo tratando de ser relajados. Miramos al otro exigiendo una "normalidad", una coherencia imposible, cuando en realidad somos seres cambiantes, aprendiendo y creciendo sin parar.

Nos ponen a prueba todos los días. Miro series de televisión o películas que hablan de cómo el hombre en las situaciones más difíciles lucha siempre por sobrevivir, aunque eso signifique pasar por encima de los valores y la moral. Y aunque he visto escenas absurdas, grotescas y brutales, puedo entender que alguien reaccione así cuando es llevado al límite.

No defiendo la violencia o la anarquía. Solo creo que ninguno de nosotros sabe realmente quién es, ni de lo que es capaz. Creo que la vida también se trata de exigirte a ti mismo, de presionarte y ponerte a prueba para sacar lo mejor (o lo peor). Deberíamos pensar en eso cada vez que pretendamos juzgar a alguien. No esperemos la perfección de nadie. Al final deberíamos criticarnos y exigirnos a nosotros siempre. Quizás lo mejor que podemos hacer es rezar porque nuestra imperfección sea un buen ejemplo y ayude a otros a encontrarse.

sábado, 7 de junio de 2014

Energía viajera

El martes llegué de viaje. Me fui nueve días -de esos que pasan super rápido- a Aruba. Después de cambiar forzosamente de destino varias veces compramos boletos para la isla feliz, esa que está a solo 40 minutos de vuelo desde Venezuela.

Escribo este post sin tener muy claro hacia dónde va. Quise hacerlo porque, además de que tengo más de un mes que no actualizo, no quisiera que un viaje tan energizante pasara por debajo de la mesa en la libreta.

Siempre lo he dicho: no hay mejor forma de gastarse el dinero, mucho o poco, que viajando. Conocer gente, lugares, costumbres, comidas, paisajes, sin duda son cosas que te transforman. Esa sensación de estar en un lugar donde nadie te conoce. Mezclarte entre la gente, escuchar sus acentos, sus idiomas, verlos tan diferentes a ti y tan iguales al mismo tiempo.

Mi primer viaje de chama grande, de adulta, fuera de Venezuela fue el año pasado. Digo que fue el primero porque si bien viajé antes, fue con mi familia y el chiste es irse solo por primera vez, o con tu novio como en mi caso. Tengo pendiente viajar sola.

En cada trayecto tengo siempre esa expectativa de los sitios de interés que voy a conocer, de las actividades propias de ese destino, de los paisajes. Pero al final me sorprenden cosas tan pequeñitas, detalles de los que no siempre te das cuenta, que luego piensas y notas el cambio que han hecho en ti.

Casi siempre son actitudes, la manera en que la gente te recibe y te trata. Cómo en ese lugar es natural algo que anhelas en tu país. Y no estoy hablando de una economía estable o seguridad social, sino de cosas más simples. De sonreír, de dar el paso, de saludar, de ser amable. Esto que escribo no es nada original, es un comentario nada más, uno que ya deben haber leído antes.

Fueron días increíbles, llenos de gente dispuesta a ayudar, de un mar hermoso, lleno de numerosos tonos azules, una brisa fuerte que te saca sonrisas mientras casi te vuela el sombrero, de un papiamento y un holandés indescifrables pero mágicos. De nuevos amigos: Meli y Dani. De nuevos retos, esos que comienzas cuando vuelves recargado de mar.

¡Masha danki, Aruba!


viernes, 2 de mayo de 2014

Sobre mi García Márquez

Sobre Gabriel García Márquez todo el que lo ha leído o conoce tiene algo que decir. Los halagos y homenajes han sido incesantes, como debe ser. Premio Nobel de literatura, periodista apasionado, novelista maravilloso, cronista, investigador... escritor, al fin. Podría seguir ampliando la lista de virtudes que tiene este latinoamericano, este hombre que deja huella imborrable en los que habitamos este continente -y en los que no también-.

Quisiera hablar de lo que viví y cómo me marcó leer por primera vez al Gabo. Cada quien tendrá su cuento, yo quiero echar el mío como si este post fuera de alguna forma homenaje suficiente. En todo caso, es mi flor amarilla, que no se confunda con una despedida, es el saludo eterno y un agradecimiento por la sonrisa que estará siempre entre sus letras.

Como es típico en muchos colegios de este lado del mundo en algún momento del bachillerato es obligatorio leer Cien años de soledad. En mi caso fue en cuarto año. Nadie quería leérselo, les daba mucha flojera, incluida yo. Solo había que ver el grosor de aquel libro para espantarse, éramos adolescentes. La profesora de castellano y literatura fue realista y solo nos asignó leer unos cuantos capítulos. Yo no pude resistir y continué leyendo.

Me hundí en Macondo y sin darme cuenta se volvió un lugar en mi cabeza al que volvería muchas veces cuando alguna situación, persona o sentimiento me recordara sus tierras. Es un pueblo entrañable, no hay forma de no sentir que también es mío. Ese fue mi primer contacto, el flechazo.

Terminé mi bachillerato, me gradué de educación diversificada y ya estaba lista para ir a la universidad y prepararme como comunicadora social, como periodista. Llegué a Caracas, a la Monteávila y qué aire frío me recorrería el cuerpo cuando la profesora de Redacción y Estilo nos anunció que leeríamos para el final de la materia Noticia de un secuestro de García Márquez. Otra vez llegaba a mí, como si fuera parte del destino, así lo quería ver yo, no como algo obvio cuando estudias una carrera humanística o ligada a la comunicación.

Periodismo literario. Ni siquiera sabía que eso existía. "Mierda", dije cuando me di cuenta que alguien podía hablar de un hecho real con aquella vena periodística, aquella experticia al entrevistar e investigar, y al mismo tiempo escribir una novela. Bendito momento. Se convirtió en mi ídolo, en el genio al que acudiría como inspiración para intentar escribir algo medianamente decente en este blog.

Crónica de una muerte anunciada, El Coronel no tiene quien le escriba, Relato de un naufrago, Memorias de mis putas tristes, El otoño del patriarca... Tantos leídos, otros todavía por leer, todos en mi repisa esperando, sosteniendo el sentimiento de que siempre habrá algo que no conozca todavía de ese mundo que creó el Gabo.

Leo las Cartas y Recuerdos que Plinio Apuleyo Mendoza publicó sobre él. Es como si estuviera viajando a su lado, intercambiando correspondencia, reviviendo cosas... Es que así es la vida, una colección de memorias que van y vienen. Gabo: no te has ido, solo nos toca vivirte.

domingo, 6 de abril de 2014

Somos muchos

Desde diciembre del año pasado estoy estudiando fotografía. No como una carrera universitaria, sino mas bien como talleres de introducción para aquellos que como yo solo tuvimos un paso breve por ese mundo a través de las clases superficiales que vimos en la universidad sobre Imagen. Hace dos semanas culminé el curso de Digital 2, la asignación final fue realizar una serie fotográfica que representara mi cotidianidad.

Para algunos la tarea podría parecer fácil, pero pronto me di cuenta que no es así. Lo que es cotidiano para mí siempre va a estar relacionado con los demás, con mi entorno y en este momento, más. En épocas de crisis queremos tratar de comprender qué o quién/quiénes nos trajeron aquí, cómo es que llegamos a este punto ¿Cómo quedamos como sociedad ante este escenario?

Cuando salgo a la calle trato de entender por qué la gente no respeta el orden, no respeta los códigos de ética y de cortesía, las leyes o a los demás. Miro, cada vez con más horror y decepción, que nos hemos convertido en seres violentos y abusadores. Esa es mi cotidianidad.

Una vez que pensé en esos elementos llegó la siguiente angustia: hace menos de un mes me robaron el celular llegando a mi trabajo, entonces, cómo voy a sacar mi cámara en medio de la calle o el Metro para tomar las fotos. La tarea definitivamente, no sería fácil.



Intenté simplificar el concepto: bueno, voy a tomar fotos que representen un poco de la cotidianidad de las personas que me rodean. Sigue siendo cotidiano para mí hasta cierto punto, pero pueden ser tomadas de forma más abierta, que no me lleven a fotografiar el comportamiento delincuente de algunos ciudadanos.

Tomé lo que pude. En los momentos en los que mi novio pudo acompañarme, porque claramente no me atreví a hacerlas sin alguien que pudiera ayudarme o estar conmigo en caso de que el hampa volviera a sorprenderme. Finalmente no pasó nada que lamentar. Al contrario, pude capturar la imagen de un señor que veo todos los días por mi oficina y al que le sonrío en las mañanas. Un indigente con traje que casi se mezcla con el lienzo urbano, parte del paisaje que para muchos podría pasar desapercibido.

Desde que leí el ensayo Sociología de la vida cotidiana por Samuel Velarde, me decidí a fotografiarlo. Con la ayuda de un compañero de trabajo hablamos con el señor y accedió a mirar hacia el lente, a cambio de dinero para comprar comida. Para él un día exitoso es cuando logra comer y, quizá, cuando no llega una aprendiz de fotografía a querer hacerle un retrato. Esa es su cotidianidad.

Este ejercicio me permitió percibir de alguna manera el sentir de otros, justo cuando Venezuela tiene más de cincuenta días en protesta. Somos muchos. Creo que no somos solo los abusadores en el Metro.

sábado, 15 de febrero de 2014

Venezuela y la doble estafa

Foto: Carlos Becerra

En medio de la crisis que vive Venezuela (escasez, inseguridad, costo de la vida) y las protestas de los estudiantes a las que se sumaron tres muertes, no podía dejar de pensar en cómo nuestra capacidad de comprensión se ve cada vez más escasa. Estar de cualquiera de los dos lados parece ser un impedimento per se para comprender al otro, para entender su posición y aun más importante: para respetarla.

Ayer me puse a pensar en que cada vez más la tolerancia se agota y genera unos niveles insospechados de violencia: verbal, física, psicológica. Nos convertimos en seres casi irracionales llevados por nuestras pasiones, algo peligroso en un país donde las armas son más numerosas que cualquier otra cosa.

El otro aspecto que observo es que todos parecen creer que tienen la razón, la verdad absoluta en sus manos, una falsa seguridad que les lleva a gritar sus puntos de vista, muchas veces sin detenerse a pensar en lo que el otro tiene que decir. Llegamos a los insultos, una agresión que ni siquiera tiene que ver con mi interlocutor sino mas bien con una figura superior en la que recae la responsabilidad de los procesos de una nación (sea presidente, ministro, gobernador, u otro).

Al estar en grandes grupos, en masas como las que hemos visto durante esta semana en marchas y concentraciones, se desdibuja muchas veces la identidad de cada uno, aunque también se materializan en un todo aquellas preocupaciones que nos unen. Al final la protesta es un derecho que la constitución venezolana contempla y que es aval de la democracia en cualquier parte del mundo.

Pienso que los individuos no nos podemos desviar de nuestros objetivos y la esencia de nuestros problemas. Cuando insulto al otro solo porque piensa diferente y no está de acuerdo conmigo, lejos de solucionar y unirnos en el diálogo, nos aleja del ansiado remedio.

Debo aceptar que mi lenguaje en los últimos días ha sido soez. Lloré cuando vi las fotos y videos de los caídos durante las protestas del 12 de febrero, cuando miré una tras otra las imágenes de funcionarios de la policía y la Guardia Nacional agrediendo a manifestantes desarmados, violando su juramento de protegernos. Me llené de impotencia, de indignación y rabia, los insulté en la soledad de mi cuarto y en algún momento lo hice "en voz alta" a través de mi Facebook. Esa tampoco es la solución. Y de una vez les digo que no la tengo, no todavía.

Es que me da vueltas en la cabeza durante todo el día: que si se tiene que prender la calle, que si se tiene que resistir en paz, que si esto lo resuelve es un golpe de Estado, que si la rebelión civil... Yo lo único que sé es que Venezuela no está echando para adelante, no me ofrece oportunidades reales como joven profesional, como venezolana que quiere desarrollar su carrera en un ambiente con algo de estabilidad. Los delincuentes imponen su ley de la pistola y el gobierno ha fracasado en controlar esa situación. Me siento quebrada en un país "tan rico", estafada en la "patria bonita" y agredida en el "territorio de paz".

Vamos a enfocarnos en quiénes son los verdaderos culpables y una vez que tengamos eso claro pensemos con cabeza fría qué es lo que debemos hacer y cómo. No es una tarea sencilla, pero me parece más efectivo. Estoy de acuerdo con la protesta, con aquella en la que sus ciudadanos tienen claro su fundamento, que no es mera emoción y rabia. Pensemos en eso y tratemos de dejar la palabrería estéril para otro día.

miércoles, 15 de enero de 2014

Decidir es seguir vivo

Dicen que en tus peores días escribes las mejores cosas. Ultimamente mis días malos se han vuelto barajitas repetidas: "otra vez con lo mismo", "este malestar no se me quita", "hasta cuándo". Es increíble la cantidad de cosas que pueden cambiar en apenas unos días: tu mentalidad sobre algo, tus deseos, tus necesidades, tu vida.

Mi espíritu eternamente optimista ha sido golpeado duramente, aguanté lo más que pude,ignoré hasta donde me dio la fuerza, y finalmente llegué a lo que muchos llaman punto de quiebre. Lo poco que me quedaba a mi favor se me escurre de las manos como agua entre los dedos, imposible de sostener, imposible de volver a recoger.

El país se me terminó de poner en contra. No sé qué fue exactamente, creo más en la teoría de que fue la suma de varios factores, o sencillamente estoy madurando, pensando en la familia que quiero formar cuando llegue el momento.

Mi estado de ánimo cambia constantemente. Envejecí unos años en poco más de un mes, no lo quería asumir. Me volví nerviosa y paranoica, mi cara de valiente en el Metro, que fingía tener como si de ella dependiera mi nominación al Oscar, ha ido extinguiéndose. Tengo sueños y pensamientos que ya no son tan bonitos, la mayoría del tiempo me encuentro rezando para que nada malo le pase a mis hermanos, a mis papás, a mi novio, a mí. En algún punto del día me invaden unas ganas de llorar completamente inesperadas, me siento frágil e indefensa, con impotencia y miedo. Me volví triste con momentos de sonrisa, a veces fingida. Acaparé mis pensamientos con dudas e incertidumbres, no con la esperanza del que espera ver sus sueños cumplidos, sino con el temor de pensar si este entorno te va a permitir hacerlo, o por lo menos intentarlo.

El miedo a morir, a perder algo, o alguien, es la peor cosa que le puede pasar a una persona, es la más dolorosa de las limitaciones. De allí solo surgen las ganas de huir, correr y jugarle "vivo" al sistema macabro de las bandas y malandros.

No queda mucho de qué sostenerse, siempre estarán tus amigos, tu familia, tu pareja, pero cómo te ayuda eso cuando estás dejando de ser tú, a medida que te restan cosas, las motivaciones van disminuyendo, las ganas, la garra, la risa. Y eso sí se: cuando te quitan los sueños, te quitan todo.

Al final todo se resume a una cosa, tan sencilla y tan dura: decidir... y cruzar los dedos para que pase lo mejor.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tanta risa

El sábado fui a una función de El Banquito, uno de esos stand-up comedy tan de moda en Venezuela, que cuenta con un elenco ya conocido en la movida humorística de la nueva generación.

El reparto del espectáculo va rotando cada semana, y esta vez fue el turno de Rey Vecchionacce, Nadia María, Víctor Medina y Elías Muñoz.

Debo decir que fue un show simpático, me sacó muchas risas y pude disfrutar de un rato de distendimiento durante el fin de semana. No conocía los espacios de Teatrex en Paseo El Hatillo y me sorprendió gratamente el estado y comodidad de su sala.

Los chistes se pasearon por los típicos problemas de hombres y mujeres: las relaciones de pareja, de familia, la apariencia física, la independencia/dependencia y otros temas cotidianos.

Por supuesto hubo espacio para el costo de la vida, una mirada superficial al tema país y la política.

Me llamó mucho la atención -y he aquí el motivo de este post- que sólo en dos o tres ocasiones la gente gritó y aplaudió, además de reírse, y fue cuando uno de los comediantes mencionó a Winston Vallenilla.

El joven humorista hizo una comparación del candidato oficialista a la Alcaldía de Baruta con la imagen de un producto de limpieza.

Luego sería un estribillo de despedida en el que se ofrecía graciosamente a "matar" al conductor de televisión convertido en político.

No quisiera pecar de severa, sobretodo en el marco de un espacio de humor, en el que se supone que todo es en broma y con intención de divertir, pero no puedo evitar preocuparme por la gravedad de la polarización que ya conocemos.

Es bastante escaso y triste reírse de un chiste tan desgastado en un ciudad tan violenta como Caracas. No culpo al que presentó sus frases, ni siquiera al público que estuvo apunto de soltar consignas políticas. Me indigna en lo que se ha convertido esta sociedad por responsabilidad de unos pocos que se encargaron de dividir y enguerrillar.

Me gustaría que llegara el día en que nos nos cause tanta risa el jueguito macabro de destruir a este país.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Para no despedirnos

En sus labios la palabra muerta. El deseo de revancha... o de perdón, quizá. Acariciaba primero el inferior, deslizaba su dedo índice, sentía las imperfecciones, y en cada una de ellas cada error, evocación de los deslices. Su vida en cada roce.

Se encuentra consigo, no hay nadie que la obligue a fingir. Está sola, la silla sosteniendo sus inseguridades, la mesa observando sin emitir juicios. El sentimiento es sobrecogedor, la arropa y la ahoga. En la soledad busca las razones. Indaga en los desencuentros, en los rincones y desaciertos. En las luces también. En sus labios tensados por una sonrisa ligera.

Con la gente siempre tiene que fingir algo. Hay tanto que ocultar y poco que decir. La costumbre de nombrar a los demás, de desviar la atención. De ser celoso con lo propio, de ocultar temores. Trivialidades aceptadas, pasatiempo de un martes.

Cuando se acaricia el pelo piensa en el próximo día, no tiene plan, no sabe qué hacer más allá de cepillar sus dientes y acostarse a dormir, de entregarse a otro sueño. Pensar en el próximo año es un reto. Hacer un postgrado, casarse, viajar a Europa, cambiar de trabajo, leer más, escribir más...

Cada vez es más preciado el acto de tararear una canción. "Siempre una playa y la música", decía. El amor y una imagen, una foto, un tatuaje en el alma y un ardor emancipador en el pecho. El destello de lo que estuvo tan cerca, de lo que sentimos nuestro, lo que no se queda para siempre a tu lado más allá del recuerdo.

Recuérdame a mí. En la canción que bailas solo a la hora en la que nadie te ve; en la que ningún murmullo interrumpe o distrae. Piénsame en mayo, mientras llueve y el reloj se detiene. Viaja y llévame contigo para no despedirnos. Toma mi mano y hablemos tonterías. La genuina alegría de tener como única preocupación hacernos reír el uno al otro. Mírame y sonríe, recuérdame.

sábado, 24 de agosto de 2013

Sobre Ni una sola palabra de amor y las historias inesperadas

No dejan de asombrarme las historias que se cuentan y de las que nos enteramos por mera casualidad. Como si fuese parte de algún plan llegan a nosotros las líneas o los detalles más íntimos de vidas con las que nunca nos cruzaríamos de no ser por internet u otros medios de comunicación. Todos los días leemos o vemos algo que nos sorprende, pero algunas veces corremos con mayor suerte y nos topamos con algo que nos maravilla de sencillez y belleza.

Ayer me pasó eso cuando, por casualidad, una amiga compartió en Facebook una nota de El Clarín que decía "Apareció María Teresa: la mujer real del corto furor en la web". Nada más leer: corto, verdadera y furor alcanzó para darle click al enlace. Me voy primero a ver el corto Ni una sola palabra de amor.

Resulta que en un mercado de las pulgas en Buenos Aires compraron una vieja grabadora de cassette, que una vez fue la contestadora de un apartamento. El cassette que estaba dentro contenía varios mensajes de María Teresa llamando a Enrique, pidiendo insistentemente que le contestara a su llamado. La sinceridad de su voz, las distintas discusiones de aquella mujer con el aparato esperando que alguien respondiera, las variaciones en su tono de voz, sus estados de ánimo... todo estaba encerrado en aquella cajetilla con cinta.

El Niño Rodríguez fue el encargado de convertir ese audio en un corto protagonizado por la actriz argentina Andrea Carballo, donde se le observa dejando cada uno de los mensajes de voz a Enrique sin tener éxito, pidiendo entre otras cosas una palabra de amor.

La idea es tan sencilla y tan natural que atrapa. Los ocho minutos que dura el video son de completa atención en María Teresa, en su historia, sus peticiones. Esperamos que Enrique conteste, que diga algo, así sea para despedirse y no volver más, pero que hable.

Maravilloso. No puedo parar de maravillarme ante las pequeñas historias que regala el mundo, la gente, la vida diaria, lo cotidiano tan lejano y tan cerca a la vez. En cómo un cassette llega a las manos de la persona indicada para regalar a todos un pedacito de arte escondido en un episodio íntimo de una pareja en el cono sur.

Mientras pienso en cómo encontrar una historia que contar, me doy cuenta que ella debe estar esperando por mí, pero que no debo esforzarme mucho porque ella sola llegará. Probablemente su entrada sea más cercana mientras preste más atención a los detalles. Ellas están ahí, donde menos pensamos, y es que si fuese tan fácil dejarían de maravillarnos. Son como el amor: llegan inesperadamente.

martes, 30 de julio de 2013

Fealdad

Las cosas bonitas, todas, se agradecen. Un paisaje, un sabor, un aroma, una historia, una noticia, un amor...

La verdad, no siempre todo es bonito y eso también se agradece. Creo que en algunos momentos de la vida se hace necesario percibir y asumir un poco de lo que está mal, de lo que daña la foto. La vida pide esos momentos y al mismo tiempo los proporciona.

Pensé en eso ayer cuando, en vez de tuitear una de esas curiosidades y cosas maravillosas que pasan en el mundo todos los días, compartí un ensayo sobre el abuso de poder y el racismo tan presentes hoy como hace siglos atrás.

A partir de allí reflexioné y visualicé que es imposible vivir por mucho tiempo dentro de una burbuja. Crear un mundo paralelo donde todo sea bueno y bello puede funcionar para escribir un cuento, pero no para la vida real. Y qué aburrido sería que todo fuese felicidad siempre. Que todos sonrieran siempre, que tomaran la mano del necesitado, cedieran el paso, ayudaran desinteresadamente...

Suena feo, pero lamentablemente es así. Los seres humanos por alguna razón necesitan las dificultades, los obstáculos, el sufrimiento y las derrotas.

Como siempre, extrapolé un poco la situación hacia mis escapes favoritos: la música y el cine (caben las series de televisión). Y pude constatar que allí también encaja esta teoría.

Empezando por lo primero: me encantan esas bandas sonoras nostálgicas, que te sumergen en un estado de vacío y desconsuelo, suena a drama queen, pero de verdad hay días que necesito escuchar ese tipo de música: algo así como la banda sonora de Atonement. No digo que siempre, pero hay momentos.

Con las películas se ve un poco más claro: los finales felices son muy predecibles. Y en la mayoría de los casos son poco originales. Las historias ligeras pueden llegar a aburrir. Por algo dos de mis películas favoritas son The reader y There will be blood.

Tampoco es casualidad que las series más recientes que empecé a ver sean Hannibal y Bates Motel. Sangrientas hasta niveles grotescos -sobretodo la primera- pero al mismo tiempo con una belleza artística exquisita.

Creo que el sufrimiento tiene también una belleza insospechada. Un matiz que da vida a rasgos de nosotros mismos que nunca habrían salido a la luz. Que hablan de nosotros y nos ayudan a conocernos desde lo más profundo. A explorar y sentir algo nuevo. Algo que siempre ha estado.

sábado, 20 de julio de 2013

Sobre el video de Famasloop

"Un medio para la libre difusión de las ideas, y así fue concebido durante la Ilustración. Esencial para el descubrimiento de la verdad"

Empezar este post con una definición de la libertad de expresión no es un intento de defender, desde el principio, a unos músicos que decidieron hablar de un tema sensible para los venezolanos en un tono humorístico.

Esa definición al comienzo es para todos: los que no están de acuerdo -y lo dicen-, los que sí -y la bailan-, incluso a los que les da igual. Es un recordatorio para los que leen estas líneas, escritas por alguien que se vio en la necesidad de expresarse al respecto.

La libertad de expresión acarrea una responsabilidad muy grande. Debemos ser capaces de escuchar, respetar, tolerar. Y digo "debemos" si es que el objetivo que compartimos es preservar el orden y la paz. Se dice fácil, pero no lo es.

Los venezolanos nos jactamos de tener un buen sentido del humor. El discurso de que los de aquí "le sacan un chiste a todo, le ven el lado positivo a las cosas y ponen buena cara al mal tiempo". Ese discurso no es del todo cierto.

El venezolano sufre el síndrome de Sheldon Cooper: no entiende el sarcasmo. Se lo toma en serio, tan en serio que puede iniciar una pelea por ello. Se ofende, se indigna ¿Dónde está el buen sentido del humor ahora?

La verdad, el sarcasmo me causa risa cuando no tiene nada que ver conmigo, con mis problemas -o en este caso- con mi país. ¡Qué fácil! Asi cualquiera ¿no? Me rio de los chistes en Saturday Night Live o de Chelsea Handler, que llegan a ser ofensivos en muchos casos, pero que como no tienen que ver conmigo no tienen importancia.

Hace unos días leí la noticia de una niña de 12 años que jugaba en uno de los equipos infantiles del Caracas Fútbol Club. Luisa se destacó tanto en esa disciplina que llegó a figurar en el equipo juvenil, rodeada de adolescentes mayores que ella. Cuando estaba jugando en el patio de su casa recibió un tiro de escopeta en el pecho. Murió más tarde en un centro asistencial.

No hay nada gracioso en esa noticia y cualquier comentario que se quiera escabullir en esa dirección no llegará a doblar la primera esquina. Cuando Famasloop decidió interpretar junto a Onechot: The choro dance, no creo que hayan querido mofarse del asesinato de Luisa o de cualquiera de los venezolanos que pasan a formar parte de las estadísticas rojas.

Ellos mismos han dicho que fue la forma que encontraron para denunciar una realidad. A su modo, desde su trabajo, su arte. Es más: no creo que a estas alturas les interese mucho seguir explicándose. Al buen entendedor...

La canción me parece divertida, desde hace meses cuando la escuché por primera vez, se baila perfecto mientras dramatizas y dibujas con tus manos un revólver, pero debo aceptar que el video me desencajó un poco. Está claro que es una representación visual de la letra que ya conocía, que llevo semanas cantando, pero no sé: los disparos, los rostros golpeados me dieron en la cara.

Quizás sea una exageración producto del cansancio o de un día largo, pero el caso es que el arte -al igual que el miedo- es libre. Y para ver a otro dirigente diciendo que a los venezolanos los están matando, me quedo con el baile del choro.

Claro que hay que decirlo, claro que hay que denunciarlo, pero cada quien como quiera y pueda. La invitación no es a reirse, es a pensar qué estoy haciendo yo y qué puedo hacer para que la situación cambie. Cómo me estoy cuidando a mí y a los míos.

La molestia colectiva no es con Famasloop, es con quienes no han sabido atacar un problema grave que nos amenaza a todos. Pero definitivamente la lucha es desde todas las vías, incluida esta. Antes de que digas otra cosa dime cuál es la tuya.

sábado, 13 de julio de 2013

Ausencia en la ciudad

El calor de julio impregnaba la ciudad con furia. El bullicio aumentaba progresivamente con el paso de las horas, mientras las gotas de sudor que se deslizaban lentamente por su cuello la hacían querer tomar una pausa y mirar a su alrededor. Se detuvo y por un momento sintió que se desmayaba. Miró hacia arriba y dirigió la vista al árbol inmóvil, observó fijamente por unos segundos, cerró los ojos y bajó la cara. El calor la sofocaba y la presionaba desde la espalda como un saco de arena sobre los hombros. No había dónde sentarse, seguía de pie mientras los demás pasaban como una ráfaga a su lado.

Respiró profundo, tomó fuerza y dio un primer paso, sentía grilletes invisibles en cada tobillo. De pronto un golpe, un muchacho con morral azul y zapatos deportivos color naranja la tropieza, empujándola levementa hacia atrás. Otra bocanada de aire y con ella el segundo paso. Sus movimientos le parecían torpes, sin determinación ni sincronía. De nuevo ambas piernas en posición paralela, mirándose la una a la otra de reojo.

Tres de la tarde y contando. No había prisa, ninguna cita o compromiso pendiente, sólo el deseo de llegar a casa antes del anochecer. -¿Quién podría venir a ayudarme?, se pregunta. -¿Quién acudiría a mi llamado con sólo decir "ven"? ¿Quién? ... Un perro olfatea la parte posterior de sus muslos. Es un callejero de tamaño mediano, es marrón con manchas grises. Lo mira de lado y él responde, hay un intento de ladrido pero se ahoga en su hocico; la rodea con una vuelta desinteresada y se va.

Toma fuerza y da el tercer paso. Esta vez siente que puede seguir, continúa caminando como por defecto, casi como un acto inconsciente, puramente mecánico. No le importa: está funcionando. Se acerca a la parada del autobús y empieza a salivar mientras mira a través de la ventana un puesto vacío en el que sentarse. Duda si podrá subir los dos escalones del colectivo. Mira de nuevo hasta donde le permite su físico, buscando una mirada, pero nadie parece notar su presencia.

Se sube y se sienta. A su lado una mujer mayor con franela blanca y pantalones negros hasta las rodillas. Sobre sus piernas una bolsa plástica con varias telas de colores en su interior. Verde, azul, rosa, naranja. Lo difícil ya pasó, recuperará fuerzas en el camino y pronto podrá tirarse en su cama. La señora de las telas le dirige una sonrisa, ella le devuelve otra. Las gotas de sudor se volvieron frías y punzantes.

El autobús avanza y la mujer a su lado le habla, comenta la vestimenta de un hombre parado en la acera. Ella voltea a mirarlo y se sonríe ante la estrafalaria combinación de su traje. -¿A quién podré llamar?, volvió a preguntarse. Tal vez él vendría. "No", exclama para sí misma, "está trabajando todavía y su celular debe estar descargado".

-¿Sería que me cayó mal la comida? "Quizás sólo necesite descansar. Debería tomar los días libres que tengo acumulados". Mientras debatía razones y soluciones consigo misma sintió un vapor que brotaba desde lo más profundo de su pecho, con el estómago comprimido y los brazos caídos, sin fuerzas. "Necesito agua", se dijo, recostando la cabeza del espaldar de su asiento.

-Seguro lo que necesito es acostarme y descansar un rato, falta poco, falta poco...".

Las gotas inicialmente en el cuello ya rodaban por sus brazos y espalda, heladas como hilos de cristal. Sus ojos cerrados sorteaban parpadeos breves para ubicarse en el espacio.

-Hija, ¿necesitas ayuda?, le preguntó la señora de las telas.

-No, respondió ella mientras se desvanecía.

jueves, 11 de julio de 2013

Cada historia contada

He estado pensando por qué me gusta que me cuenten historias. Una historia interesante me puede entretener, en algún momento podría hasta identificarme con alguna de sus partes. Una película o una canción tiene el poder de despertar sensaciones en mí, sentimientos que me llevan a redescubrir vivencias, episodios de mi vida y las de otros.

Qué pasa cuando no entiendo una historia. Intento comprender, pregunto, cuestiono, formulo hipótesis, investigo en internet, medito. ¿Es importante para mí lo que quiso expresar el autor? Depende de lo que me haya hecho sentir, de si sembró el germen de la duda, del interés, de la necesidad.

Las historias tienen -o suelen tener- un inicio, un nudo y un final. Distintos opinadores le dan mayor o menor importancia a cada una de esas partes. Yo no sé cuál será más importante, si es que eso es posibole, pero me quedo con el final porque desde el principio siempre quiero llegar ahí, no importa si no me atrapó el comienzo o si me aburrió la mitad, necesito saber cómo termina. Incluso cuando escribo me pongo ansiosa por esa última línea. No sé si será un error, creo que es comprensible y natural en el proceso creativo.

Una historia mala -para mí- es la que no inyecta suficiente, la que cuenta muchas cosas pero no profundiza en ninguna, la que flota en la superficie sin permitir que te sumerjas y te entregues. No digo que cada relato tenga que ser una tesis con antecedentes, marco teórico y referencial -aunque podría-. Sostengo que siempre hay un instante, una frase, una escena que basta para desencadenar todo. Generalmente es una emoción: sorpresa, melancolía, felicidad, amargura, miedo, amor.

Puedo identificarme con Amelie y su temor a terminar la vida completamente sola. Me sentí cercana a la desesperación de Hilary Swank en Million Dollar Baby por aprender a boxear y tener éxito en esa carrera aunque todo estuviera en contra. No hace falta que sepa de boxeo o tenga 34 años. Todos hemos sentido miedo, decepción, rencor, orgullo, y allí está la clave en la historia, hacer esa emoción lo suficientemente honesta y creíble para que el lector o el espectador sea tocado por ella.

Hay veces que no entiendo a primera vista lo que alguien quiso decir y aunque no haya sido del todo placentero el relato, siento la necesidad de descifrarlo. Hay tanta magia y arte en contar una historia, pero sobretodo en diseñarla y darle vida.

Aunque todos los días digo que la realidad siempre supera a la ficción: la imaginación y la inspiración tienen un poder infinito para maravillarnos hasta lo más profundo de nuestro ser. Contemos la que no se ha relatado todavía, la que no entendemos del todo, la nuestra.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Aquí



¿Te acuerdas de lo afortunado que eras? La felicidad que te embargaba al escuchar esa canción, la de tonos que te llevaban a otra época. El abrazo de papá. El olor de la tierra mojada cada vez que llovía en casa de tu abuela y te asomabas a la ventana. La solución siempre estaba a pocos pasos, al estirar la mano y levantarse en puntilla de pies.

Escucho la canción y me siento allí de nuevo. Sonrío en silencio, cierro los ojos y me acaricio el cabello con el borde de los dedos. Una brisa me sopla en el cuello y recuerdo la playa.

Tras tres minutos, la ciudad me cambió las señas. Se abrió paso entre el trabajo y las responsabilidades, esas con las que no me gusta lidiar todos los días.

Reconocí las noticias en la televisión, el tráfico en la calle y un bullicio en el aire. Mis caminatas bordeando el asfalto, esquivando personas a toda velocidad y que no sigue normas simples, avanzando por el lado derecho, el izquierdo y el central. Gritando de una acera a la otra, una señora ríe a carcajadas mientras le sirve un café directo del termo a la mano de un motorizado. Guayoyito.

Hay una norma implícita: andar rápido. Yo misma camino a las carreras y si me detengo un segundo siento que estorbo, algo está mal ¿Qué es? ¿Por qué tengo esta sensación? Me sumerjo de nuevo en la música, me pongo los audífonos y todo vuelve a tener sentido.

Viajo a mi infancia, a mis momentos más tranquilos, a la felicidad en mis 24 años. Ahora. Al amor de mi vida, a la sonrisa y las frases llenas de dulzura. A las caricias que vienen en llamadas telefónicas y gestos a metros de distancia. A los juegos en el estadio, las películas en el cine y en la casa, acostada con el mundo a mis pies.

Tengo calma mientras camino. Respiro, Escucho. Ayer sonreí sin parar por tus tonterías, los jueguitos y chistes. No extraño mucho mi infancia. La canción la tengo aquí.